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Un nuevo El Salvador

  • Foto del escritor: Ana Magdalena Figueroa
    Ana Magdalena Figueroa
  • 1 jul 2024
  • 4 Min. de lectura

Fueron décadas las que  El Salvador sufrió a causa de la violencia. Teníamos la tasa de homicidios más alta del mundo, incluso más alta que países que estaban en guerra. Y todo esto sucedía ante la mirada de los cóm­plices de la delincuencia, ARENA y el FMLN.

 

La zozobra era parte del día a día de todos los  salvadoreños que salían a trabajar, las familias que en la mañana amanecían juntas, en la noche estaban desintegradas por la muerte de algún miembro a causa de las pandillas.

 

Como sociedad nos sentíamos impotentes, nos mirábamos unos a otros y nos preguntábamos cómo era posible que el Gobier­no no actuara para defender a los buenos  salvadoreños. Lejos de eso, hacía la mirada hacia otro lado mientras nos asesinaban. Era la misma escena que veíamos todos los días, decenas de muer­tes cada día, un Gobierno doblegado ante los grupos terroristas, un Estado fallido, las instituciones de seguridad incompetentes y hasta cómplices, un sistema judicial débil y corrupto, pare­cía que esa situación nunca tendría fin.

 

Sin embargo, en los últimos dos años, los  salvadoreños hemos sido testigos de cómo nuestro país ha pa­sado de ser el más violento del mundo a ser el más seguro de Latinoamérica. La implementación del Plan Control Territorial le permitió a las fuerzas del Estado -por primera vez en muchas décadas- tener el control de zonas que históricamente habían sido bastiones de las pandillas. A partir de ese mo­mento los  salvadoreños comenzamos a sentir lo que nunca había­mos sentido: libertad.

 

En mi calidad de diputada he recalcado, con mucho orgullo, este resultado inédito muchas veces, haciendo énfasis en el mie­do, la zozobra y el nivel de degradación social en el que nuestro país se encontraba previo a la presidencia de Nayib Bukele.

 

 

Al salir de mi papel de diputada y entrar en mi papel de ciuda­dana, quien nació en el ahora Distrito de Soyapango, a veces paro y veo a mi alrededor, y me pregunto si lo que vivimos es un sueño. Un sueño, porque como soyapaneca nunca me sentí representada por los políticos anteriores, siempre me sentí abandonada por el Esta­do, desamparada, sola y sin protección alguna contra las pandillas. El hecho de ver ahora a la población contenta debido a la seguridad con la que cuentan para ellos y sus hijos es realmente un sueño hecho realidad. Caminar tranquilos por las calles de Soyapango es un sueño que quizás muchos pensamos que nunca sería posible debido a que el sistema bipartidista, diseñado para su propio bene­ficio, nunca se interesó por cambiar ese «statu quo».

 

En Soyapango, así como en el resto del país, los salvadoreños de bien nos vimos obligados a callarnos las humillaciones, a callar­nos el miedo, a callarnos el sufrimiento al que éramos sometidos, a callar nuestras lágrimas derramadas por la pérdida de nuestros seres amados, arrebatados del seno de nuestros hogares a ma­nos de las pandillas. Siempre estuvimos solos, nunca nadie nos defendió, nunca un organismo internacional luchó por nuestros derechos humanos, nunca un Gobierno extranjero sintió «una pro­funda preocupación» por los homicidios diarios en nuestro país. Los salvadoreños siempre estuvimos solos.

 

 

Estábamos tan solos que teníamos dos opciones: o nos que­dábamos a esperar una muerte segura o huíamos de nuestro pro­pio hogar. Muchos soyapanecos y  salvadoreños a lo largo y ancho del país tuvieron que abandonar sus casas por las que trabajaron su vida entera, por las que tanto se esforzaron, que soñaban con dejar a sus hijos. Tuvieron que abandonarlas y huir para salvar sus vidas. Muchos huyeron a otros municipios, lo que se conoce en términos formales como desplazamiento interno. Otros, aproxi­madamente 3.5 millones, huyeron del país. Emigraron y conforma­ron nuestra diáspora, esa que nuestro presidente Nayib llama, con toda la razón, increíble.

 

No bastando con haber expulsado a la tercera parte de la po­blación  salvadoreña de su propio país, los gobiernos anteriores les coartaron sus derechos fundamentales. Derechos como a la pro­tección consular adecuada, a la garantía de sus derechos civiles, a la garantía de sus derechos políticos, como el derecho a emitir el sufragio. Nuestra diáspora estuvo olvidada y nadie se acordó de sus derechos. Yo también me fui de mi país que tanto amo para buscar una mejor oportunidad. Y en los 12 años que estuve en el exterior no pude ejercer mi derecho al sufragio ni una sola vez, porque los gobiernos anteriores siempre negaron ese derecho a la diáspora.

 

Pero el presidente Nayib Bukele ha traído consigo una reivindi­cación de derechos humanos para todos los  salvadoreños, tanto los que estamos en el territorio nacional como los de la diáspora. Ahora el Estado defiende los derechos humanos de los salvado­reños de bien, de los trabajadores, de las mujeres que quieren ser parte activa de la sociedad, de los niños, niñas y adolescentes que representan el futuro, y que pueden ir a sus centros educativos sin temor a ser reclutados por las pandillas, o a ser violentados y des­aparecidos.

 

 

Por el contrario, hoy los niños que estudian en el sistema educativo público reciben las herramientas tecnológicas necesa­rias para acceder a una educación de calidad, que les permita realizar sus sueños aquí, en casa. Ahora los padres de estos ni­ños pueden ir a trabajar sin el temor de ser asesinados por pan­dilleros. Ahora los comerciantes y emprendedores pueden hacer crecer sus negocios, dado que lo que antes pagaban obligatoria­mente en extorsiones ya pueden reinvertirlo en el crecimiento y la expansión comercial. Los derechos de los  salvadoreños han sido reivindicados.

 

Ahora la diáspora tiene una atención de primera en las repre­sentaciones diplomáticas y consulares alrededor del mundo; cual­quier trámite dura menos de una hora y su pasaporte o DUI le es entregado en menos de media hora. Ahora la diáspora puede votar en la modalidad electrónica remota por internet y en la modalidad electrónica presencial, utilizando su DUI o pasaporte  salvadoreño, estén vigentes o no. Los derechos de nuestra diáspora han sido también reivindicados, mientras dejan un precedente enorme para el país y para la región en materia electoral.

 

No queremos volver al pasado, cuando nuestros derechos estaban condicionados a un «ver, oír y callar» escrito en las pare­des de nuestras casas. No queremos volver al pasado, cuando la Asamblea Legislativa era utilizada para negociar los votos con la sangre de los salvadoreños a cambio de leyes a favor de sus finan­cistas. Los soyapanecos, los salvadoreños, la diáspora no quere­mos volver a estar solos ante las garras criminales.

 
 
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